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“Ulises me mira, como si lo hiciera por primera vez, como si parado frente al puerto despidiera, después del abrazo, a un viejo amigo.”

Ulises

por Iris Mónica Vargas

ingenio7Residimos en universos distintos, Ulises y yo, pero ignoro en cuál vive quién. Jeff, el enfermero de turno, insta a Ulises a tragarse la píldora que hace unos minutos le había entregado. Le ofrece un vaso de agua y Ulises no reacciona para aceptarlo. No se trata de que Ulises inicie una discusión o forcejee para no tomarse el contenido del vaso. Ulises tiene ochenta y cuatro años de edad. Ya no pelea.

De la única manera en que podría rehusarse a algo es simplemente no abriendo la boca. Pero, ¿realmente se está rehusando? ¿Es eso lo que hace? Repite ahora cierta frase con más fuerza que la que ha utilizado hasta el momento para hablar. Nada de lo que ha dicho anteriormente, que ha sido muy poco, lo he comprendido. Y no así por falta de atención, porque yo bastante de esta última le he dedicado. La frase que dice ahora, sin embargo, la enuncia con inusual certeza, se escucha firme y fuerte: “Lo averiguaré”. ¿Pero qué es lo que pretende averiguar Ulises?

“¿Cómo, don Ulises? ¿Puede repetir lo que acaba de decir? Es que no lo he entendido”, le pido, colocando con ahínco y con cuidado la dulzura sobre mi voz. Da igual. Ulises no responde.

“Don Ulises, lo que pasa es que no he podido entender lo que ha dicho anteriormente porque lo ha dicho tan bajito que lo único que pude escuchar fue eso de que lo va a averiguar, pero no entendí a qué se refiere”, le explico, bastante apenada ya porque yo soy su intérprete médico. Si hay alguien en este lugar que debe entenderlo, esa soy yo. Es mi trabajo. Jeff, el enfermero, ya me ha preguntado varias veces si he alcanzado a entender algo de lo que susurra Ulises. Y cada vez que me pregunta he tenido que decir que no. “Es que no escucho bien”, le respondo. “Es que habla tan bajito”, digo. “No… es que… no”, repito, y pienso, “¿cómo es posible que no lo pueda entender si venimos del mismo lugar, el Ulises y yo? ¡Dios santo, si yo soy tan buena entendiendo a los viejitos! ¡Esa es mi habilidad! ¡Mi forte! Don Ulises, usted me está haciendo quedar mal. A ver si se pone a enunciar una que otra palabrita… ande…”. Me esfuerzo intentando leerle los labios. ¡Nada!

Ulises decide no repetir nada. Mira hacia abajo y, lentamente —tanto como si de repente fuera la luz sobre su cama tan vasta que hiciera posible a los ojos captar la infinidad de fragmentos del movimiento— gira su cabeza para no mirarme. “Don Ulises, le juro que no he podido escucharle. Por eso no entendí lo que dijo, ¿sabe? Don Ulises, ¿usted entiende lo que yo le estoy diciendo? ¿O soy yo quien no alcanza a entenderle? Si es así me disculpo”, digo suavemente, casi suplicando. Me siento torpe y hasta cruel pidiéndole al viejito que repita cosas que tanto esfuerzo le toma decir la primera vez. Ulises sigue mirando hacia lo lejos. Su lento susurrar me obliga a formar un caracol entre mi mano izquierda y mi oreja. Me inclino a un ángulo más agudo cada vez sobre su cama, y mi carnet de identidad toca su bata. El enfermero Jeff se apresura a agarrar mi carnet, lo “salva” de no sé qué microbio; me hace señas de que es peligroso que me acerque tanto. Ulises habla de maíz y tierra fresca.

Sus ancianas manos, apenas levitando sobre su falda, danzan en cámara lenta: un diminuto, casi imperceptible movimiento telúrico en tierra seca, o el liviano asentir de una moribunda orquídea al viento. Dice, “Así es mejor. Es lo mejor”. “¡Ajá!”, pienso. “Ya tenemos algo”. Maíz. Y tierra. “¡Ah!”. No puedo descifrar nada importante todavía en su pianissimo recital. A veces, sin embargo, su boca se abre y se estira hacia los lados con una flexibilidad que sorprende, con propósito inclusive, y enuncia claro. La mayor parte del tiempo se encuentra en otra parte, sin embargo. ¿O soy yo quien no se encuentra? Porque es él quien se ha ido (¿verdad?) y no nosotros. Camina sobre un tramo muy largo y estrecho que conduce hacia un campo amplio, ancho. El cielo es azul; sereno. El río le lava las manos y los vestidos curtidos a mujeres y muchachas que lavan ropas en su orilla. Hay hombres con sombreros tejidos de paja sudando bajo la tierra que trabajan con sus manos ajadas y cansadas hasta hacerla fértil. No muy lejos yace la torre de una central procesadora de caña. Y más allá, arriba, el maíz.

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