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Una vez, hace ya mucho tiempo, tomé una clase de anatomía. Tardé mucho en aproximarme a la mesa de metal y lo que contenía –  el cadáver de un hombre que había donado su cuerpo a la medicina para que los estudiantes de aquella escuela aprendieran de él. Me impresionó mucho verle así, allí. No me atrevía a tocarlo. Me provocaba miedo o algo que aun no alcanzo a nombrar. No fue sino hasta recibir una amenaza y regaño de parte del profesor que inicié mi participación en la disección de aquel anónimo que  habría sido alguna vez una persona como tú y como yo, como nuestros padres o nuestros abuelos.

Jamás volví a ser la misma de antes.

Cargué hasta ahora todo lo que me provocó aquel instante tan poderoso. Momentos, por ejemplo, como aquel cuando colocaron en mis manos el cerebro de aquella persona. ¿Dónde había quedado todo lo que había habitado aquel espacio alguna vez? ¿Dónde estaban las memorias de aquel hombre – la primera vez que lo besaron, la primera vez que vio la cara de su hija recién nacida? Tal vez allí seguía, sin que pudiésemos acceder a ello. Escribiendo este libro quise entregarle al mundo esas historias, imaginando (o escuchando) las voces de aquellos que decidieron donar sus cuerpos a la ciencia; y de los estudiantes que deben realizar ese acto tan extraño que es el abrir el cuerpo de otro ser humano para aprender de él.  ¿Qué representa esa transgresión? ¿Lo es? ¿Qué dice de lo que significa ser un ser humano, y de los que somos cuando ya no somos mas que fragmentos sobre una mesa de metal?  Todas esas historias y meditaciones te las entrego a ti, y a todo aquel que interese leerlas, en las páginas de mi libro La última caricia.

Aparte de lo antes dicho, no sé nada. La poesía sigue siendo un misterio, inclusive para quien la escribe.

-Monica

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Comentarios y críticas sobre “La última caricia”

De Javier Avila (poeta y novelista):

“La poesía de Iris Mónica Vargas es deslumbrante, trazada con retratos íntimos que impresionan por su tratamiento ingenioso de los temas clásicos de la literatura. El lenguaje es preciso y sutil. Estamos ante una poesía cuya claridad y elegancia nos transportan a un intenso análisis de los puentes que unen presente y pasado, creación y ruina, vida y muerte. La voz poética de Vargas nos seduce con su desnudez. Su obra explora las diversas topografías del ser humano con precisas disecciones y esplendorosas verdades en torno a lo que nos divide y lo que nos une. Sin duda alguna, la autora demuestra dominio del quehacer poético y del conocimiento científico, dos mundos que aquí se sueldan con suma naturalidad. Esta alianza, mecanismo integral del texto, acorta las distancias entre la presencia y la ausencia para someternos a ese complejo abismo que es la nostalgia. Memorable, sublime y conmovedora, la poesía de Vargas es un absoluto deleite literario. La última caricia es una revelación. La literatura puertorriqueña se ha enriquecido con este maravilloso poemario.”

De Noel Luna (poeta):

“Lo que descubre la poesía muchas veces es la estructura irónica de la realidad: allí donde la muerte hace su estrago se esconde un latido, y del detritus de la vida brota una flor. La amorosa mirada que explora palmo a palmo el cadáver asiste al misterioso recuerdo de vida conjetural en cada pliegue o rescoldo suyo. Se lee la entereza del cuerpo o sus despojos como interrogando minuciosamente las líneas que cruzan la palma de una mano. La ruina de la vida se transforma en huella digital, en indicio certero de tiempo realmente vivido. La quietud abierta custodia el movimiento. Poeta es quien descubre la potencia incluso en la ceniza. La sobria objetividad de los poemas de Iris Mónica Vargas disimula una compasión indudable. Pasión acompasada y domado entusiasmo transforman la ilustrada disección en caricia.”

De Carlos Esteban Cana (escritor y periodista cultural):

“Esta experiencia, la lectura de La última caricia, no ha sido otra cosa para mí que un verdadero privilegio. Fascinado queda no tan solo el lector aficionado sino quien disfruta explorar el dinámico proceso creativo. Y es que más allá del universo desplegado en estas páginas (del John Doe suicida; del cuerpo eviscerado, de la silueta de Eva; de la trangresión registrada de Adán; del trazo verde en el monitor, ese soldadito bailarín que no alcanzó al ritmo; de la casa deshabitada, sus paredes mudas, reveladoras, y el árbol melancólico derribado; más allá de los donantes; de la reliquia en que se transformó Chiaria de Montefalco; de todas las manos enguantadas que tocan la Gran Historia o manejan sin temblor el bisturí; de los pedazos del Guernica; del brillo de la navaja; de Margherita de Citta de Castello o la propia muerte, desmentida por la hipótesis escurridiza del instante y la conciencia en un vacío expansivo), estas piezas en su carácter orgánico son además un poderoso manifiesto del acto creador, del propio ejercicio poético, tal como lo plantea, entre otras piezas, la número 20, titulada Protracciones: De todo lo que es cierto, sin embargo,/ la concatenación es falsa, y el orden/ de aquello es arbitrario, lo impone/ lo lineal en esta nota,/ para que sigas vivo en tu contexto.

Otro aspecto que quiero destacar es lo que podría nombrar como vórtice en la infraestructura de contenido. Me refiero al conjunto de poemas en La última caricia que sustraen momentáneamente al lector de la materia inerte en la fría mesa de metal; una especie de paréntesis en el hilo conductor de las piezas (tal como en la clásica canción de Los Beatles A Day in the Life) que nos dirige la mirada, en cambio, hacia otros espacios habitados, a lo que hay tras la interacción entre neuronas o a ese pacto que hace palpable incluso a la propia ausencia.

Subordinado a lo anterior queda la correspondencia con la textura que un triángulo amoroso ofrece a los sonetos de Shakespeare, aquí la intriga se genera cuando la voz lírica focaliza hacia otras ‘siluetas’ –aún más fragmentadas por la poca información disponible- periféricas. Lo cierto es que este tránsito poético no desemboca en el desgarramiento total, como sucede en Silvia Plath o Alejandra Pizarnik. En estas páginas la muerte no es un callejón final sino una vía por la cual se accede a, o de la cual se desprende, la vida. Por tal motivo, la voz lírica desprende su aroma indagatorio, como en la obra de Olga Orozco aunque no de forma expansiva, en pequeñas y contenidas dosis. Y como resultado, la ecuación o emoción aprehendida tras la lectura de La última caricia se mueve en dos poderosas direcciones. Una que coloca en relieve lo esencial de la capacidad y experiencia humana: Mente/ Unidad de cuerpo/ inasequible,/ inaccesible, herméticamente/ contenida./ Si accediéranle, también,/ como a los huesos/ sobre la mesa de metal/ donde reposa/ fría la materia, entonces/ ¿dónde descansaría/ en paz/ la dignidad? (Poema 46. Pregunta final). Y otra que patentiza la máxima aspiración artística, tal como revela Vargas en el poema 10, titulado Disección: ¿Cómo es que los pies/ escandalosamente desnudos/ de la estatua de Balzac son más/ perfectamente humanos/ que los tuyos, los míos,/ y cualquier otro par de pies? Una y otra, matizada, sin embargo, por una mirada consecuentemente amorosa. (…y levanté sus párpados para mirar/ como le habían mirado alguna vez/ quienes le habrían amado. 47. La última caricia)

Pero no digo más, porque en estos menesteres siempre ando con la cautela de no usurparle a usted ni a nadie su propia experiencia. “

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