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Buscando a Mercedes

por Iris Monica Vargas

en Letralia.com

Buscando a Mercedes

Era difícil discernir entre ellas cuál era la muñeca. En ocasiones, la intensidad de la ausencia en los ojos llegaba a ser comparable. En la primera, largas piernas plásticas envueltas en satén, la miraba tendida en el horizonte. En la segunda, Mercedes, mi tía abuela, el torso jorobado sentado sobre el sofá rojo, orientado hacia la izquierda, la mirada, concentrada también en un punto lejano. En aquella ocasión, Mercedes dio cuenta de nuestra presencia tan sólo después de haber recibido nuestro beso en su mejilla. Le preguntó a mi madre si había sabido de mi abuela y de mi padre, y de cómo se encontraba la nena. “¿Cuál nena?”, le respondió mi madre. “La tuya”, agregó Mercedes. Me apresuré a asegurarle que era yo la niña de la cual hablaba, y ella, como en cámara lenta, luego de alinear su rostro con el mío, auscultó las írises de mis ojos en busca de una memoria trampolina.

Tal vez este fue el comienzo. Habría desarrollado un pequeño temblor en las manos; se tornarían algo rígidos y lentos sus movimientos. Quizás perdía el equilibrio con mayor frecuencia. Lo cierto es que nadie notó la enfermedad estableciendo residencia poco a poco en Mercedes. De su cerebro vino a apoderarse la enfermedad de Parkinson.

Tal vez la identidad de un individuo no sea más que un simple puente apostado entre dos personas.

 

Arrodillada junto al sofá rojo, colocaba mi oído derecho justo al lado de los labios de Mercedes con la esperanza de escuchar mejor lo que murmuraba. En esa posición permanecía durante el transcurso de mi visita a la casa de envejecientes donde residió Mercedes durante los últimos años de su vida. No sería demasiado injusto decir que ya casi nadie le prestaba atención cuando hablaba. “Es que ya no es la misma”, decía mi madre, quien había dejado de referirse a mi tía usando el tradicional doña, título deferencial otorgado a los envejecientes en la cultura puertorriqueña. Para mi madre, la mujer frente a nosotros era una impostora, un ente extraño que había venido a usurpar el lugar de mi tía abuela.

Al contemplar los ojos de Mercedes hubiese jurado estar observando la misma presencia que reconozco en cualquier otra persona consciente. Ante la duda de otros, sin embargo, me preguntaba si era posible que tan sólo anduviera inventando a mi tía, siquiera porque aún recordaba cómo era. ¿Cuánto de la identidad de una persona, me preguntaba entonces —y todavía— está asociado a su memoria, en especial durante la enfermedad?

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